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Otro diccionario para la economía
  paraná,15/12/13
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Para advertir que el mundo está convulsionado no hay que ser un agudo observador. La opulencia y la marginación más descarnada, el hambre endémico, la miseria más acérrima, son postales que conviven, multiplicadas por la globalización. En efecto, la economía mundial se sustenta en una demanda de consumo creciente de bienes en buena medida superfluos mientras, a su paso, queda la estela de excluidos, de la que zafa sólo uno de cada cinco habitantes del planeta. Obviamente, la cultura multiplica la fantasía individualista de que serán los otros los que quedarán sin subir al Arca de Noé.

Pero la civilización ha tomado un impulso del que no parece querer desdecirse. El propio secretario General de la ONU, Ban Ki Moon, aludió al fenómeno cuando ha indicado que “la humanidad marcha hacia el precipicio y estamos apretando el acelerador”.

Si es peligroso aplaudir candorosamente la decisión de arrasar hasta con el patrimonio natural, nuestro propio hábitat, en busca de una acumulación sin límites, no es menos complejo imaginar alternativas que ayuden a corregir esa tendencia nacional a imitar lo que ya otros han intentado, como si las relaciones entre países centrales y periféricos fuera inocua y la suerte de cada territorio se resolviera en la efectividad con que cada comunidad aplica una misma receta.

De lo general a lo particular, el tema ha sido desarrollado por Luis Lafferriere, contador público, con especializaciones terminadas y en marcha, docente universitario en carreras de grado y posgrado, director del programa de extensión Por una nueva economía, humana y sustentable.

“Estos procesos de financierización y salto especulativo, la nueva oleada tecnológica, las llamadas políticas neoliberales, y una estrategia de internacionalización productiva de parte de las grandes corporaciones (con la producción de un bien en diferentes partes del mundo), van a reconfigurar un nuevo escenario de división del trabajo, acompañado con avances en la concentración y centralización de capitales (bajo el predominio del capital financiero)”, dirá, mientras señalará que “la humanidad ha sobrepasado con su actividad los límites planetarios que permiten su supervivencia, y la huella ecológica supera en un 50% la capacidad de la Tierra para sobrellevar el agotamiento de recursos esenciales para la vida y la contaminación por los desechos arrojados al ambiente”.

–¿Cómo caracteriza los cambios producidos en el mundo?

–Los cambios producidos mostrarán en este nuevo siglo un capitalismo mundial con otra modalidad de acumulación y producción, que presenta zonas grises en relación a la clásica diferenciación entre países industrializados y de producción primaria. Con zonas centrales de relativa desindustrialización y otras periféricas recibiendo inversiones industriales con tecnología de punta, las corporaciones rearman sus estructuras a nivel mundial. En ese proceso van desarmando los Estados “del bienestar”, sometiendo a las economías a sus lógicas de acumulación internacional, y avanzando en la apropiación gigantesca de recursos, sectores, mercados y países, en manos de un puñado de bancos y de grandes grupos económicos.

Este proceso presenta graves peligros para la humanidad y serios límites para el capitalismo como sistema.

–¿Cuáles?

–Los peligros para la humanidad se relacionan a los efectos naturales de la acumulación capitalista, sistema que tiene como prioridad maximizar ganancias y ganar permanentemente nuevos mercados, sin ninguna consideración de las consecuencias sociales y ambientales que provoca la actividad. Hoy más de la mitad de la población mundial vive en situación de pobreza estructural, y son más de 1.500 millones los que pasan hambre todos los días. En paralelo, se están superando varios límites que pone el planeta a la acción depredadora de la economía capitalista, llevando a la humanidad hacia escenarios catastróficos que pueden terminar con su existencia en algunas décadas.

Entre estos peligros cabe mencionar al calentamiento global provocado por la emisión de gases de efecto invernadero (producto de la quema de los combustibles fósiles), que según el consenso científico aún en el caso de que esa emisión se interrumpa (lo que por ahora no sucederá, sino que pasará lo contrario) ya la cantidad emitida garantiza para las próximas décadas un aumento de la temperatura media que hará muy difícil la vida humana en el planeta (hablamos de décadas, no de siglos o milenios). Marchamos también hacia el seguro agotamiento de los combustibles fósiles, fuente primaria de la generación de casi el 90% de la energía que consumimos, y no hay al momento ningún plan B que pueda reemplazar esa dilapidación gigantesca de petróleo y gas que realizamos. Además de la creciente escasez de agua potable, producto de un juego doble de contaminación gigantesca y de destrucción de las fábricas generadoras (como lo son los glaciares de altas montañas y los humedales del mundo).

–¿Y los límites?

–Los límites de este proceso para el propio sistema capitalista tienen que ver con la inexistencia de un horizonte de crecimiento sostenido de la demanda global para poder tener un crecimiento futuro. La economía capitalista necesita más y más consumidores, pero las propias políticas neoliberales han sido tan exitosas que han dejado mercados anémicos y una marginalidad gigantesca de miles de millones sin capacidad de compra. Y no se visualizan elementos que puedan modificar estas oscuras perspectivas.

A pesar de las limitaciones que impone la finitud del planeta y la creciente escasez de recursos esenciales para la producción y para la vida, las corporaciones siguen en la carrera desenfrenada e irracional de crecer, crecer y crecer. Para ello buscan asegurarse la fuente de abastecimientos y de esa manera tener el control estratégico de la economía, de las riquezas y de la vida humana. Y avanzan en el acaparamiento de los recursos naturales, estén donde estén, porque son vitales para asegurar su dominio futuro. En este sentido, tanto la Argentina como el resto de los países latinoamericanos son presas para el saqueo, donde lo que menos les interesa a los sectores más poderosos es la suerte de quienes habitamos estos territorios.

RETOS.

–¿Qué supone el desafío de crecer para un país como el nuestro?

–En nuestro país, la reactivación y posterior crecimiento de la última década ha sido un período sin precedentes en la historia, con precios internacionales de los productos que exportamos tan elevados como nunca antes había sucedido. Pero aún con semejante crecimiento y con un Estado nacional que ha recibido ingresos más que cualquier otro gobierno anterior, tenemos una sociedad con un tercio de la población viviendo en niveles de pobreza, con la mitad de la PEA con dificultades de empleo (desocupación, subocupación, precarización, etcétera), con una situación de carencia de cohesión social, con fuerte desintegración de los vínculos sociales, y con servicios públicos deteriorados que no compensan para nada las persistentes desigualdades distributivas.

–Traza un panorama sombrío…

–Con el agravante de que el crecimiento se asienta en sectores de extractivismo depredador, que no pueden tener más que unas pocas décadas de futuro ante el agotamiento de los bienes extraídos y la contaminación masiva que se genera (agronegocios, megaminería, hidrocarburos, etcétera), y un sector industrial clave como la armaduría automotriz, que no tiene perspectivas por el colapso irreversible de los combustibles fósiles hacia el que nos encaminamos.

Por lo tanto, el desafío para la sociedad argentina es comenzar a transitar por otro sendero, en un camino de transición hacia una nueva modalidad económica y productiva que nos permita soñar en un futuro mejor para todos.

–¿Cómo sería?

–No hay que buscar el crecimiento como meta, sino formas de producir en armonía con la naturaleza y de distribuir con equidad. Debemos reconstruir la soberanía alimentaria con un modelo agropecuario apoyado en la agroecología, la producción diversificada y en pequeña escala, con importante generación de trabajo y alimentos sanos para la población.

Además, tenemos que usar la energía para las actividades productivas que se definan como prioritarias, no como ahora donde una sola megaminera consume la misma cantidad de electricidad que toda una provincia; desarrollar la producción de fuentes energéticas sustentables y que no agredan el ambiente, donde tenemos condiciones favorables como pocos.

Por último, es preciso transformar el sistema educativo para que potencie el desarrollo de las personas y de nuevas formas de organización social, y el sistema científico tecnológico para que deje de estar al servicio de las corporaciones y se ponga a trabajar en función de la resolución de los grandes problemas nacionales y de las necesidades humanas.

–¿Qué límites advierte en la idea del complejo turístico y agroalimentario en la provincia?

–Entre Ríos es parte del proceso nacional y mundial, ocupando un lugar de subordinación pasiva frente al proceso depredador extractivista. El complejo alimentario es una prolongación de la expansión de las corporaciones extranjeras que concentran riqueza y producción en detrimento de la ocupación, el ambiente y las relaciones sociales.

En lugar de avanzar hacia nuevas formas económicas y sociales que eviten las consecuencias más horribles de los colapsos y las crisis futuras, continuamos por el camino de destruir nuestras capacidades productivas, la diversidad de la producción de alimentos, la biodiversidad esencial para la vida, arrasando montes nativos y contaminando acuíferos, expulsando población y concentrando ingresos y riquezas, amontonando gente en ciudades cada vez menos sustentables.

Estamos a tiempo, pero debemos reaccionar y mirar más allá de la coyuntura. De lo contrario, cuando comiencen a desencadenarse los procesos de agotamiento del suelo, destrucción de los ecosistemas, contaminación de los cursos de agua, pero dentro del marco más general del calentamiento global y el futuro colapso energético, no tendremos oportunidad de una salida civilizada. Ojalá no lleguemos a eso, aunque el sistema político dominante no da muestras de tener conciencia de la gravedad de la situación.

MIRADAS.

–¿Lo que plantea como alternativa es sustentable, realizable o, en realidad, está convocando a estudiar, reflexionar, diseñar, pensar otro modelo de desarrollo?

–Las dos cosas. Primero, porque ya existen diferentes experiencias que muestran que es posible iniciar formas de vida diferente a las tradicionales, que se basan en la competencia ciega, la búsqueda desenfrenada de ganancias y acumulación, o el consumo irracional que destruye bienes a velocidades cada vez más vertiginosas. Son experiencias a nivel de pequeños países, aldeas, ciudades, comunidades, grupos sociales, etcétera, que por diferentes vías practican modalidades de producción, intercambio y consumo diferentes del mercado capitalista y sus lógicas.

En el reino del Tibet, en Asia, hace muchos años que se trabaja con un indicador llamado de la Felicidad Nacional Bruta, que se toma como base de las políticas de gobierno. En Cuba, luego del colapso energético que los dejó casi sin petróleo, iniciaron una experiencia exitosa de agricultura ecológica y de producción urbana de alimentos. En Norteamérica se constituyó años atrás una red de ciudades que planifican y ejecutan estrategias para dejar de depender de los combustibles fósiles. En Europa hay ciudades pequeñas que se organizan para buscar formas de vida sustentables, ecoaldeas y formas de economía social diferentes de las lógicas capitalistas. En nuestra América Latina existen comunidades que nunca practicaron la modalidad de mercado salvaje, sino que vivieron y viven con actividades en armonía con la naturaleza y entre sus propios miembros.

Pero, segundo, también a nivel de estudio, debate y búsqueda teórica, hay cada vez más aportes interesantes que procuran la búsqueda de nuevos caminos para llevar adelante el necesario cambio social: las teorías del decrecimiento en Europa, las propuestas de Buen Vivir en Sudamérica, las iniciativas de transición y las apuestas alternativas al desarrollo, son ejemplos de ello.

–¿Cómo hacerlo?, la pregunta del millón.

–No hay recetas. Cada sociedad deberá buscar las modalidades que mejor se presentan, en función de sus potencialidades, sus expectativas, sus culturas, siempre de manera democrática y participativa, respetando la pluralidad de pensamientos, ensayando alternativas, priorizando los valores esenciales de la solidaridad, la cooperación, la armonía entre sus miembros y con la naturaleza de la cual formamos parte todos los seres humanos.

–El debate sobre el modelo de desarrollo productivo, ¿es subsidiario de la discusión sobre la generación y distribución de la riqueza?

–El debate sobre el modelo productivo y social incluye la discusión sobre la generación de la riqueza (qué cosas queremos producir prioritariamente, de qué manera debemos hacerlo, etcétera) y la distribución de la misma (que en principio debería partir de límites o topes máximos y mínimos a recibir por cualquier miembro de una comunidad, para evitar la concentración excesiva de riquezas y también la existencia de pobreza, que debería desaparecer porque existen condiciones materiales para ello). De profesión, economista

Cuando se le preguntó qué evolución ha tenido dentro del campo de la economía y se le indicó que el interrogante tenía que ver con el hecho de que la profesión ha servido también como instrumento de dominación al servicio del capital, Lafferriere aportó: “Mi historia personal ha sido una búsqueda constante de conocer la realidad sin condicionamientos previos, más allá de lo que explican las diferentes teorías, siempre con el mismo objetivo de condenar las injusticias y de luchar contra ellas en la medida de mis posibilidades”. Fue allí cuando mencionó: “Si bien mi formación de grado de Contador, los posgrados y maestrías cursados (en Dirección de Empresas, en Economía social y desarrollo local, en Sociología económica), me aportaron algún conocimiento, creo que lo más importante para mi visión actual ha sido resultado de un proceso de autoformación”.

Así las cosas, expuso: “Estoy convencido de que existe una gran división entre los economistas y en las teorías económicas: la economía convencional (que más allá de las diferentes visiones, coinciden en que no hay nada mejor que este sistema para regular las relaciones humanas); y la economía crítica (con un conjunto de expresiones que señalan la necesidad imperiosa de nuevas formas de organización social antes de que este sistema termine con la humanidad en el planeta)”. Después de indicar que “por supuesto que me ubico en el segundo campo”, dijo tener como “objetivo de vida aportar en la sensibilización de la sociedad para lograr cambios favorables antes que sea demasiado tarde”.

Más tarde, subrayó que “todos deben saber, aún los privilegiados del sistema, que si marchamos indefectiblemente a chocarnos contra un glaciar y no cambiamos el rumbo, seguiremos bailando en la cubierta del Titanic hasta que la colisión sea inevitable”. Y que, en ese caso, “no habrá ni botes salvavidas para nadie, ni otro lugar adonde refugiarnos”. Al redondear, refirió: “Aspiro a que tanto nosotros como las futuras generaciones, tengan la oportunidad de vivir todos dignamente y por mucho tiempo más”.
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