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La agricultura debe producir alimentos, no mercancías
  Paraná,23/11/10
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  “El problema es una concepción de la agricultura que ha dejado de concebirla como producción de alimentos, para pensar la agricultura como productora de una mercancía que sea transable en el mercado internacional”. La primera aclaración de Andrés Carrasco en la charla que se realizó el miércoles 17 en la Facultad de Ciencias de la Educación, marcó el rumbo de la exposición.

En las palabras del investigador del Conicet, como en la del profesor Luis Lafferriere en representación del Proyecto de Extensión Por una Nueva Economía, Humana y Sustentable, como en las de Daniel Verzeñassi del Foro Ecologista, lo que trascendió fue la crítica al modelo agro-alimentario impuesto en la Argentina y sus consecuencias negativas en la salud y el medioambiente.
“Lo que yo voy a hacer es lo que hago siempre, y seguramente los que me han escuchado se van a aburrir”, advirtió antes de comenzar. Según él sería un “breve” y “básico” comentario sobre el trabajo que realizaron desde el Laboratorio de Embriología Molecular de la UBA y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).
Se refirió justamente a aquella investigación que no sólo arrojó luz en medio de tanta oscuridad, sino que también marcó su carrera académica para siempre. Pues hoy Andrés Carrasco es quien es, por haber acompañado desde su saber, aquello que las madres de Ituzaingó de Córdoba venían denunciando, lo que los médicos en diferentes regiones del país venían advirtiendo: mayor cantidad de abortos, malformaciones, cáncer, y lo que algunos medios de comunicación junto a organizaciones ambientales venían gritando en medio de tanto murmullo silenciado: el uso del glifosato puede alterar mecanismos fisiológicos que produzcan perjuicio celular y/o trastornos durante el desarrollo embrionario de los vertebrados, totalmente comparables con lo que sucedería con el desarrollo del embrión humano.

Cuando en 1996, año en que el Ministerio de Agricultura de la Nación aprobó el paquete tecnológico que explota la empresa Monsanto con la semilla genéticamente modificada, “se dijo entonces que había mucha hambre en el planeta, que había que generar una revolución verde, que la tecnología iba a expandir la superficie cultivada con el fin de generar alimentos rápidamente. Pero hoy tenemos más hambrientos que entonces”, enfatizó Carrasco que inició su investigación a raíz de la demanda de poblaciones que advertían sobre el incremento de abortos espontáneos, cáncer y malformaciones.
“Mi laboratorio con este trabajo lo único que hizo es intentar explicar lo que la gente decía que pasaba en sus vecindades, ni quise comprobar la verdad de esos saberes o de esos relatos, ni me interesó en particular aprender sobre el glifosato, simplemente dije: bueno si eso está pasando, nosotros podemos darle una explicación no para legitimar ese relato, sino para acompañar ese relato que merece el respeto de cualquier relato de una observación”, explicó Carrasco esclareciendo sus objetivos y recordando el papel de la ciencia en la sociedad: “la ciencia debe acostumbrarse -para no ubicarse en un lugar omnipotente y omnipresente ontológicamente centrada- a ponerse en el lugar de acompañar la realidad. No fabricar realidades, no legitimar realidades”. “Esto que quede claro porque sino damos vuelta las cosas, y nos ponemos en lugares equivocados frente a la sociedad. La sociedad no quiere sabios que le vengan a decir que existen, porque existen más allá de los sabios”.
La palabras de Andrés son claras, su experiencia en el tema y la profundización que realiza de la problemática en general más allá del instrumento –los agrotóxicos- permiten no sólo romper con viejas estructuras establecidas, sino que además sus palabras construyen, crean e inventan nuevas formas de pensar. En este sentido, junto a las imágenes que iba proyectando, el doctor fue comentando los pasos de la investigación y por supuesto sus resultados, para luego seguir insistiendo en la problemática a nivel general.

En la experiencia realizada por el equipo de Carrasco, se comprobó que los embriones de animales, expuesto a glifosato diluido en una dosis en 5 mil, producía la muerte del embrión. Además, se inyectó glifosato en célula del embrión, lo que produjo la alteración en el mecanismo del desarrollo –la malformación posterior en el individuo– por aumentar la producción del ácido retinoico que naturalmente produce el embrión en condiciones y cantidades especiales. El incremento de ese ácido retinoico afecta “la formación de los ejes embrionarios” en la segunda semana de gestación, tal como lo mostró en fotos tomadas en laboratorio.
Afirmó que en las poblaciones afectadas por la fumigación del herbicida, éste llega al embrión por inhalación. “En general la gente no bebe glifosato como lo hacen los técnicos de Monsanto”, dijo en tono irónico para descalificar el discurso de la empresa respecto de la supuesta inocuidad del producto. Desmintió la afirmación acerca de que el tóxico no traspasa la placenta. “En la segunda semana de gestación no hay placenta. Sólo se conforma en la semana número 12”, respondió. Pero además expuso un trabajo científico brasilero que comprobó que “si traspasa la placenta” y afecta al embrión.

Por otro lado, Carrasco destacó algo muy importante en relación a la persistencia del glifosato en el ambiente. Negó que “estos productos sean biodegradables”, para lo cual expuso un informe del INTA que dio cuenta de la persistencia de su efecto nocivo por lo menos durante un año, dependiendo esa persistencia del suelo entre otros factores.
Tras repasar las consecuencias del glifosato, remarcó que los productores usan 10 litros por hectárea cuando lo aconsejado por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) es no más de un litro en la misma superficie.

Más allá del laboratorio, Carrasco tomó nota de lo afirmado en un informe del Estado de la provincia de Chaco. Allí se da cuenta de un aumento en un 300% de los casos de leucemia en niños de La Leonesa, desde que se impuso este modelo agrícola (por uso masivo de agrotóxicos en una arrocera del lugar), mientras que otro estudio daba cuenta de un 400% de aumento de los individuos con malformaciones.
Para el investigador el abuso de agroquímicos no es sólo el problema a abordar. En cambio remarcó a “un nuevo modo extractivo” que propone “llevarse los bienes, los recursos para otras modernidades” como en el caso del monocultivo de la soja pero también con la minería a cielo abierto. Carrasco marcó así el núcleo central de la problemática en la Argentina: 20 millones de hectáreas cultivadas en los que se arrojan 200 millones de litros de glifosato por año, afectando a una población que asciende a 10 millones de personas.


Cuando ya estaba todo dicho, y sus palabras se iban acabando volvió a insistir en el modelo: “esto es un problema de soberanía nacional. El modelo no es solamente devastador y saqueador de la naturaleza. El modelo, es un modelo de control social, porque si cuatro compañías van a controlar el 80 por ciento de las semillas, serán en fin quienes decidan quien comerá, que comerá y como lo hará. Así este problema de soberanía nacional, pasa también al de soberanía alimentaria”.
Y así introdujo el concepto que permite abrir el debate en pos de una construcción colectiva, pues esa categoría engloba una concepción completamente diferente de la agricultura. Se trata de aquella premisa que él advirtió al comienzo. Pues la agricultura, en ese marco, ya no es pensada como una forma de producir mercancías sino como productora de alimentos.
De esta forma el investigador no sólo marcó los lineamientos a seguir sino que destacó cual es el rol de la naturaleza en la sociedad con respecto al hombre. “La naturaleza tiene los mismos derechos que tenemos nosotros. Nosotros tenemos derechos humanos porque somos parte de esa naturaleza si nuestros derechos humanos van a destruir, van a oponerse a los derechos de la naturaleza, en realidad es una especia de círculo vicioso difícil de entender. O sea que los derechos de la naturaleza son nuestros derechos, y los nuestros los de la naturaleza”.

Por Daiana Pérez, integrante del Proyecto de Extensión ‘Por una nueva economía, humana y sustentable’.
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