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Argentina K: Se consolida un modelo económico regresivo
  Paraná,10/11/10
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  El siguiente artículo fue publicado en la edición número treinta de la revista El Colectivo, en ocasión de su sexto aniversario, y ahora la reproducimos en este espacio del Proyecto de Extensión por una Nueva Sociedad.

Los seis años recorridos por El Colectivo coinciden casi con la misma etapa de recorrido de gobierno kirchnerista en la Argentina. Sólo que, en mi opinión, se trata de rutas totalmente diferentes.

La ruta transitada por El Colectivo es una muestra de posturas a favor de la vida y del ambiente, de la cultura popular, de los intereses nacionales, de las libertades de opinión y de expresión, de las preocupaciones por la calidad de vida de la gente, de la lucha militante por aportar a la construcción de una sociedad mejor para todos.

En cambio, la ruta transitada por el gobierno kirchnerista refleja una política servil a los poderosos, continuidad esencial del neoliberalismo menemista, que a su vez fue la profundización del proyecto de concentración, saqueo y genocidio iniciado a mediados de los años ’70.

Aprovecho entonces la oportunidad de expresarme en este nuevo aniversario de los amigos colectiveros, para hacer algunas reflexiones sobre qué modelo económico y social se ha ido gestando en los últimos tiempos, a partir de la destrucción del que estaba vigente en la Argentina hasta hace alrededor de 35 años, conocido como de la Industrialización por Sustitución de Importaciones (o modelo ISI).

Con todas las críticas que le hacíamos en su momento a ese modelo y con todas las falencias de la ISI (lo caracterizábamos como un modelo ‘concentrador y excluyente’… sin saber ni tener idea de lo que se vendría luego!), nuestra sociedad había avanzado significativamente en relación con el resto de los países de América Latina.

En un marco histórico de gran inestabilidad económica y política, se fue generando una estructura productiva que a pesar de ser capitalista dependiente y periférica, mostraba mejoras indudables en materia social (muy bajos niveles de desocupación, pobreza casi excepcional, empleo que era mayoritariamente legal, marco jurídico destacable de protección laboral y previsional, buenos niveles educativos, avances notorios en materia científica y tecnológica, etc). Se hablaba de una población con gran cohesión social, uno de los países de menor desigualdad distributiva de la región, y con la existencia de una movilidad social ascendente generalizada (donde cada generación vivía mejor que la anterior).

Al promediar la década del ’70 se inició un largo proceso destructivo, que nos conduciría a lo que vivimos hoy. ¿Qué nos pasó?
Desde nuestras cátedras venimos sosteniendo que el fenomenal deterioro de las condiciones de vida de los sectores mayoritarios de la población y la inédita regresión económica y social, son el resultado de la aplicación sistemática de un proyecto deliberado, de concentración, saqueo y genocidio, que fue impulsado por los sectores más poderosos y que se mantuvo durante los años de democracia, más allá de los cambios de partido gobernante, de ministros, de políticas y de las diferentes coyunturas internas e internacionales que ha habido.

Si consideramos un conjunto A de indicadores que muestren las condiciones de vida de los sectores mayoritarios, y a otro B que aglutine las variables que benefician a las minorías privilegiadas y a las fracciones más concentradas del capital en la Argentina, veremos una dinámica de comportamiento que puede explicar esta involución. Esto es, cómo pudimos llegar a esta situación, donde somos apenas 40 millones de personas (sobre un total de más de 6.800 millones que vivimos en este planeta), poseemos uno de los territorios más extensos y con más variedad de riquezas (tierras, climas, alimentos, energía, etc), pero no podemos garantizar condiciones dignas de vida a la gran mayoría, y tenemos más de un tercio viviendo en situación de pobreza y de gran precariedad.

El camino de la destrucción del modelo vigente fue largo y doloroso, con crisis cíclicas y etapas post-crisis de relativa recuperación, que nunca permitían retomar el nivel pre-crisis. El conjunto A de indicadores (beneficios en general para las mayorías populares) en un corto lapso caía estrepitosamente, vía shock económico-social, para recuperarse luego en forma lenta, pero sin llegar a la situación existente antes del shock. El conjunto B de indicadores (beneficios para el capital concentrado y para las minorías privilegiadas) se elevaba abruptamente en coincidencia con la crisis y los fuertes ajustes, para mantenerse más atemperado en la etapa de recuperación, pero sin perder lo esencial y quedando siempre en una mejor situación que la previa a la crisis.

Sucedió así en 1975-76, en 1982-83, en 1989-90, en 2001-2002, con fuertes crisis donde perdían por paliza los sectores populares, y seguían luego años de calma y relativa recuperación, para volver más tarde a caer de nuevo en el abismo (más atemperado o más profundizado en función del impacto del contexto mundial vigente en cada ciclo). Pero había constantes en el tiempo, más allá de las coyunturas. Siempre los mismos beneficiados, siempre los mismos perjudicados. Y se mantenía en esencia la orientación del proyecto dominante, con sus principales características estructurales.

A lo largo de este proceso de 35 años, en las primeras dos décadas predominaron los rasgos de destrucción del modelo económico vigente hasta entonces, y los últimos quince años fueron de gestación y consolidación del modelo que surgiría en su reemplazo. La menemista década de los ’90 constituyó la bisagra entre el quiebre definitivo de la ISI y el nacimiento del modelo neocolonial extractivista. Las bases de este nuevo modelo se apoyan en la sobreexplotación de los trabajadores y de nuestras riquezas naturales, y las prioridades de las políticas públicas se ordenan en función del interés de los acreedores usureros y de los grandes grupos empresariales (mayoritariamente transnacionales).

¿Cómo se hizo posible esta regresión fenomenal, en una sociedad que había logrado avances tan significativos hasta la primera mitad de la década del ’70? No sucedió por casualidad ni por fatalismo histórico, fue un proceso deliberado, que primero debió destruir para poder luego reconstruir. La aplicación sistemática del proyecto dominante partió de una represión gigantesca con miles de desaparecidos (entre 1975 y 1983), para continuar en democracia con una política antinacional y antipopular, que mantuvo el rumbo esencial, con miles de desaparecidos de una manera más silenciosa (son las decenas de miles de muertes por causas evitables que se producen año a año) y con millones que sobreviven en condiciones miserables.

¿Para qué ha servido la democracia y qué rol han jugado los principales partidos políticos en el gobierno? En general, se ha venido dando un proceso de gradual descomposición de los mecanismos de una verdadera democracia al servicio del pueblo, para ponerse al servicio de los sectores dominantes. Un proceso donde los funcionarios tienen en claro que deben mantener a rajatablas la orientación del Estado y de la economía en función del nuevo modelo, consolidando la nueva estructura productiva y los intereses de los sectores más poderosos. Hoy algunos hablan del partido único ‘gobierno-oposición’, que representaría al poder real; y de que sus representantes sólo se disputan la alternancia en la administración de esos intereses dominantes. Pero que no cuestionan al nuevo modelo, y no tienen un proyecto de país que busque el cambio de la sociedad.

Podemos constatar esta falsa dicotomía en muchos ‘enfrentamientos’ que se han producido en los dos últimos años: campo vs gobierno, por las retenciones a las exportaciones (donde ninguno criticaba al modelo de monoproducción sojera y sus efectos nocivos), Clarín vs gobierno, por el control del manejo de los grandes medios (sin que ninguno de los dos se preocupe por la libertad de expresión y la vigencia de los derechos de la comunicación); oposición vs gobierno, por el tema del uso de reservas para pagar la deuda pública (donde no discutían el tema de fondo, que era de no seguir pagando a la usura una deuda inexistente y fraudulenta, porque ambos acordaban seguir haciéndolo); o la crítica a la corrupción K por parte de otros sectores del poder (lo cual es legítimo y necesario, pero ocultan la mega corrupción de los que se llevan el país puesto, gracias a la complicidad del mismo gobierno), y así con muchos otros temas.

En ese marco, ¿qué sucede con los sectores populares, víctimas principales ante el avance del proyecto dominante? Primero sufrieron la feroz represión desatada en 1975 y profundizada por la dictadura desde 1976. Después soportaron la presión inflacionaria de los grandes grupos oligopólicos y las políticas de ajustes de los gobiernos, que destruye sus ingresos y genera desempleo e inseguridad en el trabajo. Más tarde pasaron por el espejismo del 1 a 1 y las promesas neoliberales del ingreso al primer mundo, para terminar con la implosión del 2001, el robo del corralito y la caída al abismo del 2002, con una multiplicación gigantesca de la pobreza y la marginalidad.

Sin embargo, hasta entonces nunca bajaron los brazos, ya que las luchas contra el modelo se mantuvieron, aunque acotadas y muy atomizadas. Pero la profundidad de la crisis del 2001-2002 desató la ira popular, con la resistencia y la reacción de amplios sectores de la sociedad, que salieron a reclamar masivamente ‘¡que se vayan todos!’, y se multiplicó la movilización en todo el territorio nacional. La consigna ‘piquetes, cacerolas, la lucha es una sola’ ponía de manifiesto un acercamiento en los reclamos de diferentes sectores, que se unían contra la orientación neoliberal y repudiaban el sistema partidocrático que lo impulsaba. Estaba en peligro la gobernabilidad del país con el nuevo modelo, lo que demandaba cambios políticos para recuperar la iniciativa del proyecto dominante y oxigenar el desprestigiado sistema a su servicio.

Lo que vino luego es historia reciente. Nadie reivindicó desde entonces al neoliberalismo (ni siquiera López Murphi). Todos los que impulsaron y apoyaron las políticas neoliberales de los ’90, se peleaban ahora para mostrar cuál aparecía más crítico. Aunque ninguno, en definitiva, pasaba del mero discurso. En ese marco y ante las diferentes ‘ofertas’ electorales, surge el kirchnerismo como la mejor alternativa política para continuar y consolidar el nuevo modelo económico.

En estos últimos seis años (reflejados en la vida y en las páginas de El Colectivo) la conducción oficial ha garantizado el mantenimiento de la política neoliberal, aunque acompañada de un discurso progresista, tan necesario para generar falsas expectativas en la sociedad luego de la paliza sufrida y del desencanto atroz. Doble discurso que estuvo ayudado con los precios excepcionalmente altos de los productos exportados por la Argentina en el mercado mundial. Eso permitió lograr los superávits gemelos (comercial y fiscal) para cumplir a rajatabla con las obligaciones con la usura internacional, además de asegurar el perfil productivo neocolonial extractivista, asentado en la depredación de las riquezas naturales (mega minería, saqueo petrolero, monoproducción sojera, etc), con una creciente concentración y extranjerización de la economía, y una matriz de desigualdad distributiva que polariza en una minoría privilegiada el grueso del excedente generado por el trabajo de los argentinos.

Pero las movilizaciones del 2001-2002 abrieron también un nuevo escenario para la resistencia popular. A pesar del doble discurso oficial, del clientelismo vergonzoso del kirchnerismo, del creciente autoritarismo y la represión de las luchas más consecuentes, de la kooptación de ciertos movimientos sociales y dirigentes de trayectoria progresista, del control de los grandes medios de comunicación (por parte del poder económico y del poder político a su servicio), hoy existe un piso mucho más elevado de conciencia y movilización. A lo largo y lo ancho del país se suceden diariamente numerosos conflictos, que ponen de manifiesto que el pueblo argentino se vuelve a poner de pie, y que sectores cada vez más amplios de la población van asumiendo el protagonismo por su propio destino, en la lucha por construir una sociedad mejor para todos.

Hoy, ante la continuidad de los falsos enfrentamientos dentro del partido único del poder (oficialismo-oposición) y en el marco de la creciente resistencia popular, saludamos desde nuestro proyecto de extensión ‘Por una nueva economía, humana y sustentable’ a nuestros compañeros de ruta de El Colectivo, por esos seis años de trayectoria decidida y consecuente, y los felicitamos por el esfuerzo de sostener un medio de comunicación alternativo que posibilita la libre expresión de quienes compartimos la visión común de una nueva sociedad.

Luis Lafferriere – 20 de agosto de 2010
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